martes, 1 de diciembre de 2009

Anestesia

Siempre pensé que cuando me aplicaran anestesia general para intervenirme quirúrgicamente, el equipo médico se sorprendería al ver que la anestesia no surtía efecto; que intentarían por todos los medios conseguir que me durmiera y, al ver frustrado cualquier intento de éxito, optarían por meterme un algodonzote  en la boca gritándome: - ¡muerde con todas tus fuerzas! Que al hacerlo, vería el algodón teñirse de rojo como una sanguijuela blanca que succionara fuertemente mis encías. Que –a grandes males, grandes remedios- me operarían en mis 5 sentidos como quien descuartiza un pescado en el quirófano de la nieve. Pero cuando al fin el tan anhelado día llegó, me dijeron: “¡abre la boca grande…respira muy hondo…cuenta despacio hasta 3 y piensa…en un paisaje…en un recuerdo!”  Y me quedé dormido.

Cuando desperté, comprendí que había imaginado mal las cosas. No eran los doctores los que, nerviosos, debían sudar al ver que  no podían  anestesiarme, sino la propia muerte la que, al ver que sigo con vida, no hace más que extrañarse del porqué su anestesia no surtió el letal efecto. Muerte, me susurraste desde lejos, pero yo no te hice ni caso.

 o. pirot

Pd. (ver la entrada titulada "El peor no-lugar", ubicación en esta misma etiqueta: Le pire non-lieu)

El peor no-lugar

Hace ya bastantes años que el antropólogo francés Marc Augé, acuñó el término “no-lugar” (non-lieu), para referirse a los “espacios intercambiables donde el ser humano es anónimo, como los medios de transporte, las grandes cadenas hoteleras, los supermercados, los campos de refugiados”. Para M. Augé, el hombre no vive ni se apropia de estos espacios sino que más bien fluye y mantiene una relación de consumo.  A mi forma de ver, desde un punto de vista más literario y menos antropológico y basándome en este original aporte del autor francés, considero que el verdadero no-lugar por excelencia son los hospitales. Ahí el hombre no busca ni vivir ni apropiarse del espacio, y más allá de mantener una relación de consumo, mantiene una relación de supervivencia, de plantarle cara al miedo. A lo largo de mi vida, como le ocurre al resto de la gente, he tenido que aprender a soportar estos espacios, ya sea por experiencias propias o ajenas, y siempre me ha sorprendido, y sobre todo conmovido, el combate que el hombre mantiene con la muerte y la fraternidad que los demás demuestran ante dicho combate. Así que, en esta etiqueta del blog titulada Le pire non-lieu, comparto experiencias, reflexiones, trozos literarios, inspirados en el que creo que es el peor no- lugar de los posibles no-lugares del universo: un hospital.

  o.pirot

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Antonio Deltoro (ciudad de México, 1947)



Estamos en un día de otoño de 1998 en el metro del D.F. Justo me encuentro en uno de los gusanos de la línea rosa que me dejará en la estación de la glorieta de insurgentes.  Durante el trayecto, me pierdo viendo a los viajeros, a los personajes citadinos y a los vendedores ambulantes, todos inmersos en sus arengas y silencios en un hermoso ritual de misticismo urbano. Al llegar a la estación, salgo a la calle y una vez más la glorieta de insurgentes se me devela como un enorme corazón transparente y tentacular oficiando la irrigación de una ciudad que hierve sin descanso. Me interno entre las calles buscando la avenida Álvaro Obregón y deseando llegar a mi destino final: La Casa del Poeta. A cada paso mi emoción me delata, y es que hace apenas unos días que me inscribí a un taller de poesía que impartirá Antonio Deltoro y estoy ansioso por llegar…

Ahora, a más de una década de aquel trayecto,  me encuentro en un otoño de 2009 en Madrid, recordando con infinito aprecio aquel primer encuentro con Antonio Deltoro. Me acuerdo que al llegar a La Casa del Poeta noté inmediatamente una magia solmene y especial. Pregunté en qué salón era el taller y me dirigí cautelosamente. Era imposible no pisar aquel suelo sin que rechinara con tanta fuerza; hasta un fantasma se hubiera sorprendido al ver que sus pasos invisibles también producían ese fuerte ronroneo de la madera. Llegué por fin al salón indicado en el que habían unas 20 personas esperando a que diera comienzo el taller. Mientras comenzaba, yo estaba embelesado, ya que en las paredes del salón habían muchas fotografías en blanco y negro, todas ellas ofreciendo retratos de poetas mexicanos, y por cierto muy bien logradas. De repente, dio comienzo el taller y con él una semilla que me marcaría para siempre. Aquél día me sorprendió la presencia y la personalidad de Antonio Deltoro: un ser noble y sabio, sincero y meditabundo.  Su voz, sus palabras y sus movimientos despedían una especie de “tempo” pausado y riguroso que nos envolvía en una armónica reflexión sobre la escritura. Al correr de los días, las conversaciones y las referencias eran tan exquisitas que el taller se convirtió en una tertulia placentera: Hai-kus, José Gorostiza, Lezama Lima, Borges, Machado, Pessoa, San Juan de la Cruz, Eliseo Diego, Paz, entre tantos; sin mencionar a la veintena de personas que estábamos ahí y que también compartíamos nuestros textos para analizarlos colectivamente. A partir de ese día, Antonio Deltoro se me develó como una de esas personas especiales que nos dan las pautas y los consejos para emprender nuestro propio ritual de iniciación.  Siempre su cordialidad, su predisposición y su meditación frente al hombre, al poema y a la palabra,  me han cautivado. Y si su personalidad me cautivó, su poesía no hizo sino abrazarme con un vigor  y una lumbre inextinguibles. Sin duda alguna, una de las cualidades más acérrimas y deslumbrantes de la poesía de Antonio Deltoro es la del asombro. Su poesía cumple con desarraigarnos del letargo cotidiano y maquillarnos con el sello gestual del boquiabierto. Atendiendo a sus palabras, la doble operación del asombrado consiste, por un lado, en mantener vivo el asombro y, por el otro, en recoger los frutos que el asombro sembró.  Con la precaución que merece toda opinión, podría subrayar que los poetas  que mejor han escudriñado en la poesía de Antonio Deltoro han sido Francisco José Cruz y Fabio Morábito.

Han pasado  más de  10 años desde que conocí a A. Deltoro. Muy de vez en cuando, cada vez que tengo la oportunidad y me lo permite la lejanía, suelo hacerle una pequeña visita sorpresa;  siempre me recibe con tal calidez que, aunque la visita es breve, su efecto es más que duradero. Finalmente, recuerdo con especial  ilusión una de sus reflexiones: en la medida en que seamos mejores lectores de poesía, podremos ser mejores poetas.  

  o. pirot

lunes, 26 de octubre de 2009

"Postmortem" recitado

video

Recital "Eclipse de voces", Pirot & Plazzola, Madrid, Café Infante

jueves, 23 de julio de 2009

miércoles, 15 de julio de 2009

martes, 23 de junio de 2009

martes, 26 de mayo de 2009

Sobre el lector


Sin lector, la poesía es tan inútil como el espejo al vampiro. 

o.pirot

Sobre la libertad


La libertad es el arte de poder construir nuestra propia prisión.

o. pirot

martes, 7 de abril de 2009

"Airado Verbo" de Juan José Soto


                            Óscar Pirot, Juan José Soto y Mauricio Rojas
           en la presentación de Airado Verbo en la EPIC, Madrid, 31 Marzo 2009


"El ambiguo espejo de la palabra"

Asombrarse es barnizar el mundo con mirada virginal, encarcelarse en el delicado parpadeo de las cosas, desentrañar el habitáculo evanescente de las palabras. En ese trayecto que implica la decantación del mundo y del lenguaje, se va edificando la arquitectura vivificadora de la poesía, la redención inminente de nuestros primeros balbuceos, el grito insoslayable del hombre frente a la creación. “Hay que pensar – nos dice María Zambrano - que el primer lenguaje tuvo que ser delirio. Milagro verificado en el hombre, anunciación, en el hombre, de la palabra.” Por eso, continúa la autora, el poeta quiere delirar, porque en el delirio la palabra brota en toda su pureza originaria.

Muy al contrario de lo que se piensa, frente a la ambición devastadora del progreso y al insaciable culto por lo efímero de nuestras sociedades modernas, el hombre contemporáneo nunca ha dejado de ser primitivo. Y no lo ha dejado de ser porque ha sabido tender un puente colgante en donde lo sagrado queda indemne del sangriento curso de la Historia, un puente en donde, delirio y asombro, se nos develan como la imagen inalterable de nuestra propia naturaleza.

En ese sentido,
Airado verbo de Juan José Soto, encarna una decisiva y deslumbrante conciencia del poeta inmerso en un paisaje mutilado por la desolación y la injuria; pero a su vez, hilvana una exquisita sublimación del ser en la llamarada incorpórea de la palabra y en la concreción erótica de la mujer como único refugio frente al caos. Este trayecto, de la desolación a la sublimación, se da a través de los tres apartados que conforman el libro: Multitudinario espejo de sombras, Airado verbo y Galope de Tormentas. De esta forma, Juan José Soto, reinventa una visión rigurosa y original de lo uno frente a lo múltiple, visión encausada ya desde el siglo XIX por los poetas románticos y que el autor asume impecablemente para ofrecernos una postura crítica y caudalosa de la misión vitalista de la poesía en la primera década de nuestro siglo.

Si para Stendhal, la novela debía ser un espejo que paseamos por el camino; en la poesía de Juan José Soto se da una operación curiosa y contraria; es el poeta sin cabeza, héroe decapitado, quien se pasea por el espejo. Así, en Multitudinario espejo de sombras, asistimos a la imagen fragmentada y desalentadora de un universo vuelto esquirlas inquietantes. La primera imagen que inaugura el libro está cargada de una sutil espesura y nos sitúa sin vacilaciones en el encuentro inicial con el dolor y la incertidumbre. El poeta nos dice: “Las pesadas sombras se abren/ La cerrada noche se abre/ El fiero exilio se abre/ Tu voz de sangre/ La mueca de hastío/ Y ruedan sin cabeza / Las vanas horas amándote.

Desde el comienzo del libro, una imperturbable consistencia onírica va haciendo desfilar imágenes de un páramo espectral y desolado, en la que le tiempo parece estar abolido, expectante; por eso, la plasticidad de
Airado Verbo hace pensar en ciertos cuadros de Paul Delvaux, concretamente en aquellos en los que la escenografía está cargada de ambientes oníricos y desdibujados, y con una fuerte predilección por los desnudos femeninos. Aunque en Airado Verbo, la figura femenina sea una intuición constante que no irrumpirá sino hasta el final del libro.



La progresión que sigue
Multitudinario espejo de sombras nos va descifrando un itinerario espacial que nos remite a una ciudad consumida por el abandono y el escalofriante despoblamiento del mundo y del ser por una devastación sin precedentes. Todo es, tomando un verso del libro, un Bosque humano de ausencias, y esta degradación no sólo se apodera de lo humano sino que trasciende al terreno de lo divino. Los siguientes versos nos lo hacen visible: Desencadenada gruta de adioses/ De parapléjicos cráneos/ De océano duro/ Despedazados dioses/ De vísceras de abismo.

Ante esta confrontación entre la vulnerabilidad del hombre frente a los parajes hostiles, el yo poético asume su condición infrahumana y nos revela:
He dejado de tener Historia/ Vano inquilino de sueños/ De pesadillas recurrentes/ De nombres cifrados/ De muertes súbitas.

El sentimiento de pérdida del mundo implica también la pérdida de sí mismo. La imagen espacial que se logra en este primer apartado nos sume en un inquietante mimetismo con lo infernal, aunque no palpite ningún indicio que nos sitúe directamente en el escenario de lumbres. Y aquí se nos presenta un hallazgo fundamental, frente a la verticalidad de los infiernos, visible en los habituales descensos que hilvanan Dante, Eneas, Pólux u Orfeo, En
Multitudinario espejo de sombras no hay descenso infernal sino horizontalidad urbana. El espacio, aunque inmerso en atmósferas oníricas, no deja de ser un espacio terrenal y mundano. De ahí que la poesía de Juan Soto se nos devele como una innovadora exploración de las cavidades terrenales del alma, de los escombros infértiles del ser. Aquí no nos encontramos con personas reconocibles o afecciones del pasado, todo el caos se centra en un anonimato que agudiza la contemplación de un desvanecimiento demográfico, de una sequía de la carne. Y justo, cuando nos hemos embriagado en esta atmósfera de ruinas leprosas, irrumpe, en una noche encendida de caos, la identificación del poeta con el Ángel Caído que, como nos revela el poema número V: Habita los desalmados espejos/ De asesinos en serie.

La ciudad es tomada como un cuerpo en sí mismo, como una sustancia orgánica inyectada de atributos sensoriales en descomposición, detalle que hace pensar en la agudeza sensorial y onírica que nos asfixia sin clemencia en
Los cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont. En Multitudinario espejo de sombras, como lo devela uno de sus poemas, hay un Rotundo olor a nervio/ a carne, una Disección fresca del exilio.

En ese mundo de sombras en el que las identidades humanas han perdido toda reminiscencia con su concreción carnal, la única figura que se salva de las fauces del abismo es la del poeta, la única que puede devolverle la fertilidad a las cenizas, el visionario que puede indagar en el cuerpo bofo de las tinieblas pese a su decapitación, así nos lo demuestran los últimos versos de este primer apartado:
Espejo de piedra/ Donde asoma largamente/ El poeta sin cabeza/ Piel de ceniza airada/ contumaz/ Ave fénix del verbo.

El contraste lumínico que logra Juan José Soto entre la transición del primer y al segundo apartado, es de una eficacia contundente. Si en
Multitudinario espejo de sombras, la imagen inicial era la de la pesadumbre nocturna, en Airado Verbo tenemos la imagen etérea y luminosa de la poesía como una anunciación frente a la decrepitud: Poesía es una antorcha/ enciende palabras/ Ojos inmóviles/ La ansiosa mirada de la muerte.

Si la aparición redentora de la poesía contamina de forma incendiaria la estética grumosa del paisaje, también contamina sigilosamente el discurso poético. Juan José Soto imprime en el primer poema de
Airado Verbo el ritmo cadencioso y cautivador de la letanía. Este hallazgo no es ni por menos aleatorio, sino labrado desde una lucidez rigurosa. De esta forma, el discurso poético se vale del discurso religioso para engarzar una lluvia de imágenes que son la antítesis visual y rítmica del universo fragmentado en el que nos habíamos sumergido anteriormente. La letanía que se desgrana a partir de la imagen propia de la poesía, Encendido rayo cada verso, como nos dice el propio poeta, nos sume en su ritmo impetuoso y redentor:

Ileso amante
del fiero abrazo de las peñas
Obstinado mar en la orilla
Ardiente voz de hoguera
Airado verbo
Turbada sangre
Sótano de caos
De hondura a tientas.


De esta forma, mediante la incursión del discurso religioso en la piel del discurso poético, y de la presencia de la redención en un mundo fracturado, nos viene a la mente la inquebrantable universalidad que embriagó a Novalis y que dejó cristalizada en su gran frase: “
La poesía es la religión original de la humanidad”.

De la infertilidad de la materia pasamos a la fertilidad de la palabra, de las imágenes corpóreas de la ciudad devastada, a las visiones deslumbrantes de la poesía redentora. Esta segunda sección, que toma el título propio del libro,
Airado Verbo, no es sino la conjuración inminente de la poesía frente al hombre, el sendero evanescente que va trazando las luciérnagas que nos lleven a la sublimación espiritual y carnal. La fragmentación poco a poco va recobrando su unidad, se va integrando gradualmente en el lienzo del libro como un fiero esfumato.

El poeta va recuperando la conciencia y se va situando en una óptica de contradicción y desgarro:
Este siglo entero de sangre/ De tardío alumbramiento / Metástasis de sombra/ En la habitación de la palabra/ En sus crispados rincones/ De silencio/ De voces airadas/ De profecía en los desolados muros.

El extravío y la desorientación que se funden en el yo poético al contemplar simultáneamente el dolor, la soledad y el desamparo al que se ve sometido por la Historia, logran un clima de anhelo y desesperación. En medio de tanto despedazamiento hay una constante búsqueda por la trascendencia, por la disolvencia del ser en otro cuerpo. La imagen del poeta como un hombre decapitado sigue estando presente en los versos de
Airado Verbo, hay una especie de desquicio y esperpento que bien pueden remitirnos a ciertos cuadros de Goya: sangre colgada y tibias rotas en las manos, desquiciados sanatorios, crecida tiniebla en el rostro, cuencas de agónicos videntes, muerte rozagante a gritos, son algunas de las imágenes que relampaguean en el libro y que pueden emparentarse con algunos detalles pictóricos del pintor español.

Para apaciguar la muerte y el dolor, el poeta intuye una cierta sed de fusión. En el camino a la sublimación, hace falta la concreción de la poesía en el cuerpo femenino, es decir, unir el desdoblamiento de la fertilidad para acallar el sufrimiento de un hombre envenenado en cuerpo y alma por las vicisitudes del devenir:
No hay lugar para abrazos entonces/ Sólo el tiempo a dentelladas en un beso/ ese obsceno ardor al pie del abismo/ Vestigio de luz y grito/ entre los restos calcinados de la sombra.

Así, en el tercer y último apartado del libro,
Galope de tormentas, irrumpe con grave profusión y delicado erotismo el cuerpo femenino como habitáculo del ser y de la palabra, del refugio y la redención, de lo sagrado y lo trascendente. Frente a la agonía incesante del poeta, frente a su alma infestada de cicatrices provocadas por la crueldad, el acto de nombrar a la mujer, le restituye el vigor esencial de su existencia: Nora/ Impetuoso latido del amanecer/ Que seduce la integridad de la noche/ Coges la raíz invicta del viento y sus formas/ Entre manos de malvas de luceros.” En otros versos, el poeta ve en el cuerpo femenino el brote virginal capaz de desenhebrar cualquier tentativa de dolor: “Y un galope de tormentas en tu vientre/ Mar de rayos y centellas desafiando el abismo/ Al filo del terco horizonte/ Al borde de todos los cielos.”

Hacia el final del libro, la fertilidad, asociada a la metáfora vegetal, devela al poeta la eternidad destinada a redimir su cuerpo en una ola incesante: “
Avezada flor silvestre/ Irrefrenable efervescencia del instinto/ Colmas abismos / De deseo y hondura / De esta humanidad pavorosa/ De grito en llamas/ Ardiendo en mí. ” En esta fervorosa invocación de la mujer, Airado Verbo logra confabular el preciado ungüento con el que lavar las heridas devastadoras producidas por la asfixia y el sopor de un mundo consumido por un lamentable desprecio hacia la vida.

Y así, con los 3 apartados de
Airado Verbo se cristaliza el trayecto de la desolación a la sublimación, de la fractura a la unidad, de la soledad al encuentro, del silencio a la palabra. En un diálogo crítico con nuestra tradición, Airado Verbo enraiza con singular visceralidad los tres grandes temas del surrealismo: el amor, la libertad y la poesía. Y lo hace desde una postura en la que la conciencia onírica es guiada por la lucidez, para devolvernos la imagen ambigua del hombre, perdido en los páramos de la sinrazón y el abandono.

Airado Verbo es un desafío a las convenciones humanas totalmente empobrecidas por el conformismo espiritual y metafísico de ciertas úlceras sociales, plagadas de muñones de sueños y extensas legiones de dolor. Es una valiente postura poética frente al despiadado belicismo de la humanidad, una pesadilla que deambula entre el sueño y la vigilia. Airado verbo, ventilación de la palabra para repoblar los abismos que consumen nuestra existencia. Airado verbo, es todo este bendito silencio/ una invocación de eternidad.

o. pirot

(Nota: el texto fue leído el 31 de Marzo del 2009 en la EPIC con motivo de la presentación de Airado Verbo en Madrid.)


jueves, 26 de marzo de 2009

"Cineraria" de Juan Soros























"El ingrávido peso de las horas"


Es difícil imaginar la espesura del tiempo, el gramaje con que se abisman los minutos. La imposibilidad de cuantificar el presente pone en entredicho nuestra existencia. No sabemos cuanto duran los fotogramas, lo único que vemos es la estela carnosa que dejan a su paso y de la que somos testigos presenciales, viajeros de un mismo tren con asientos que dan la espalda al destino.
Ante esta vertiginosa náusea de no poder precisar nunca nuestra posición en el universo, nos queda un consuelo que, no por ser intermitente, deja de ser alentador: el consuelo de la clarividencia. Con el insaciable ajetreo en que se baraja nuestra realidad cotidiana el hombre ha llegado a inmovilizarse, es decir, a no percatarse del paso del tiempo. Para Octavio Paz “
la inmovilidad es una ilusión, un espejismo del movimiento; pero el movimiento, por su parte, es otra ilusión, la progresión de lo mismo que se reitera en cada uno de sus cambios."
Ante esta oscilante esclerosis que adormece nuestra percepción sobre la vida, la obra de Juan Soros nos convida sin recelo una clarividencia lúcida y rigurosa que arroja luz sobre nuestros accidentes ontológicos más perturbadores: el sentimiento de culpa, la orfandad universal, la condena, la fractura entre Dios y el hombre, la muerte.
Des esta forma,
Cineraria se nos presenta como un insuflo que pone en movimiento la inmovilidad pasado. Desde el comienzo del libro, se hace latente el deseo de ser una presencia indisoluble en donde la vida inmole todas sus manifestaciones. Así lo atestiguan los primeros versos de Pira, poema que inaugura la obra: "No ser hombre/ sino morada/ de otras muertes/ y de la muerte." Esta simbiosis que Soros mantiene con la muerte será uno de los pactos más acérrimos que palpiten en Cineraria. En el poema Todestrieb, por ejemplo, la complicidad vuelve a ponerse en manifiesto: "Vino muerte y me habló/ pero no me llevó con él./ (Vivo para repetir sus palabras)". Pero, como en toda complicidad siempre queda un pequeño espacio para la inesperada traición, el final del poema sorprende por la condena que implica ser un eco mortuorio: "Y ahora bajo mi piel/ parece fluir sangre/ pero cuando me sangro/ sólo brotan cenizas."
Esta yuxtaposición entre la sangre y la ceniza será uno de los hallazgos estéticos más deslumbrantes del libro. Como se aprecia en el apartado de notas, Soros se vale del término griego
Haima melan (sangre negra) para edificar una lucha entre el dolor y la trascendencia. Agua y polvo, río y desierto, vida y muerte se desprenden de este oxímoron que aglutina una encarnizada lucha entre dos substancias opuestas y a su vez complementarias. Prueba de ello es el poema Glotta, en donde resplandece una imagen misteriosa y lacerante: "Uso una mezcla de sangre y ceniza/ para fijar en el margen del tiempo/ estos epitafios/ y lamentaciones."  La sangre y el polvo se diluyen entre sí para formar una dolorosa arcilla con la que tatuar un lenguaje indecible. Esta imagen yuxtapuesta hace pensar también, guardando las debidas distancias con el término griego, en otros dos términos de la cultura náhuatl. El primero de ellos es el denominado “tinta negra y tinta roja” que, de acuerdo con Miguel León Portilla, era la imagen de la que se valían los aztecas para aludir a la creación poética. El segundo, es el término atl tlachinoli, expresión náhuatl que significa “agua quemada”, o bien, como sugiere el historiador Alfonso Caso, que puede aludir a la sangre y al incendio. Sangre y ceniza, agua y fuego, silencio y palabra, Sorós convoca estos elementos para reiterarnos que podemos vencer a la muerte porque no somos más que muerte.
Pero vencer a la muerte no implica necesariamente una reconciliación con la naturaleza. Más que el de Sísifo, el de las Bélides o el de Titio, una muerte sin reconciliación es el suplicio más grande del mundo. En algunos poemas de
Cineraria esta temible sospecha se deja entrever. En el poema Inhumar, “los mares cierran sus abismos/ los vientos enmudecen” y no hay forma de poder repatriar las cenizas adhiriéndolas de nuevo a la naturaleza. En Liminar la franja que separa al hombre de la salvación se muestra infranqueable y desalentadora: “El cielo es aquello/ que no puedes alcanzar./ La única salida/ es iniciar un viaje/ hacia el horizonte./ Su umbral/ es tu muerte.
La desdicha de existir bajo la amenaza de la no redención acecha las páginas de
Cineraria como un signo estremecedor del que se desgranan las letras para formar un paisaje movedizo que nos muestra el tormento de la orfandad. “Exiliados de la gracia y caídos”, así hemos soportado nuestra soledad, intentando sin descanso vivificar los espejismos de la fe y apaciguando las llagas que ha dejado la extirpación del cordón umbilical que nos unía con Dios. La fractura entre dios y el hombre aún no ha soldado. Invertimos nuestros días en dar forma al callo óseo que permita restablecer la armonía con el todo. La lejanía es tanta que ni siquiera podemos deletrear el nombre del primer ser que se vio sólo en el mundo y a quien debemos nuestra soledad. En el poema Tetro, Soros dilapida de forma certera el fracaso de no poder restablecer la sintonía y el sinsabor que deja la inutilidad del sacrifico: “Por cada letra de tu nombre/ ayuno diez días junto al tentador./ Por cada letra de tu nombre/ vago diez años por el desierto./ Por cada letra de tu nombre/ soporto diez días de lluvia y deriva./ Por cada letra de tu nombre/ muero sin saber pronunciar/ tu misterio.” El poema está inyectado de una solemnidad inquietante que nos estremece como las cobrizas campanadas de una iglesia en ruinas. Sabemos que el nombre de Dios es impronunciable, que tenemos que conformarnos con el de Adonai, el señor sin nombre.
Si nos adentramos en los parajes del pensamiento judío podemos evidenciar sin complicaciones innecesarias que los esfuerzos por diluir la idea del antropomorfismo de Dios fue una constante entre muchos de sus pensadores como Filón de Alejandría, Maimónides y, por supuesto, Spnioza. La imagen de Dios dejó de ser la del hombre para convertirse en la naturaleza misma. Pero nuestro diálogo con Dios sigue siendo al parecer un diálogo fraternal o visceral como el que establecemos con otro ser humano tal y como lo hace la obra de Sorós. En
Cineraria, hay un pequeño detalle de la cultura judía que a mi forma de ver desvela muchas aristas sobre la médula del libro. Juan Soros, en uno de sus poemas, muestra un tintineo sobre una de las aportaciones más originales el pensamiento sefardí: el Tsim-Tsum. El concepto alude a la contracción de Dios para dar lugar a la creación; es decir, que de alguna forma Dios se autoexilió. Si Dios se contrajo en sí mismo para poder crear el universo, entonces no somos más que la inercia cercenada de esa primera contracción, un acto reflejo que repetimos sin cesar y que en ocasiones nos desangra. Constantemente nos contraemos: el arrepentimiento, el dolor, la condena, nos sumen hasta envenenarnos las entrañas.
Los poemas de
Cineraria son una concienzuda clarividencia sobre las contracciones del alma humana, contracciones que se vuelven más afiladas por la concisión con la que nos hablan. Contracción y concisión son las dos armas que palpitan en la lectura del libro. Movimientos de una marea que erosiona las heridas más supurantes de nuestro pasado, heridas que lavamos incondicionalmente cuando digerimos las culpas que nos roen y los remordimientos que nos aturden. Como en el poema titulado Patronato: “Las paginas en blanco son los días que me restan”, utilizamos esas páginas, estos días vírgenes para tatuar en su transparencia nuestra propia vida. Vivir es una forma de escribir sin darse cuenta, y Cineraria es un abanico de ecos que silencian nuestro presente.
Para Soros, el poema es a la vez un intento de ritualizar la muerte, una germinación silenciosa de vida. Como bien dice el propio autor: “
Esencia del verso el silencio” , somos una constante emanación sin descanso.
En los poemas
Lengua de fuego y Sangría, Soros siembra una semilla de metapoesía y nos convida un guiño certero y meditado sobre lo que Haroldo de Campos llama la poesía que se hace de sí misma.
El hombre es un puñado de letras en donde el tiempo va desdibujando la vida a la vez que traza las arrugas incomprensibles de la muerte. La espesura del tiempo pareciera que no pesa y que es simplemente el ingrávido peso de las horas que habitamos, el doloroso paso que implica esbozar una sonrisa, disolverse en un grito.
Cineraria así cumple la función de un espejo cóncavo en le que debemos imprimir una cierta armonía a la deformidad de nuestra existencia, porque al fin y al cabo no somos más que el todo que se reitera en sus cambios, así lo demuestran los últimos versos del libro: "Tierra estéril y desolada/ es la ceniza que soy./ Tierra del abismo de tus tinieblas/ es la ceniza a la que regreso/ Tehom." 

o. pirot

(Nota: El texto fue leído el 25 de septiembre del 2008, con motivo de la presentación de Cineraria en el encuentro literario "La piedra en el charco", celebrado en Teruel.)

sábado, 21 de marzo de 2009

Julio Espinosa Guerra (Santiago de Chile, 1974)

Julio Espinosa y Oscar Pirot
17 abril 2007, recital en Café Gaudeamus

Hay amistades oscilatorias, relaciones imantadas por una gravedad circular que gira como un faro en busca de alguna huella, una gaviota, una grieta en el horizonte, un barco. Pese a la lejanía espacial que nos separa y a la intermitencia casi astral de nuestros breves encuentros, mi relación con Julio ha estado siempre marcada por esta suerte de oscilación que provoca el gozo de una incertidumbre y la emoción de una causalidad. En los casi 6 años que llevamos de conocernos, la amistad con Julio se me ha revelado como una marea llena de cardúmenes de letras, de algas detallistas, corales reflexivos, medusas cordiales, peces de café, versos en su tinta. Podría referirme aquí a muchos de nuestros encuentros en Madrid, pero uno de los que palpita con más claridad es cuando me invitó a comer a su antiguo piso madrileño cerca del metro Argüelles. Lo primero que me llamó la atención cuando conocí a Julio fue la agudeza de su conversación, el aura meditativa que envuelve sus palabras, su sencillez, su cordialidad y más aún ese proceso de sedimentación del lenguaje en el que uno se sumerge cuando lee su poesía. Esos detalles no han dejado aún de sorprenderme. Recuerdo que cuando entré a su departamento una cálida armonía se apoderó de mí. Después de haberme dado un recorrido por su piso y de conversar nos dirigimos a la cocina. Ahí se dio una operación curiosa y en cierta medida bipolar, ya que al tiempo en que cocinábamos nuestra conversación, Julio cocinaba unas deliciosas berenjenas rebozadas que más tardes hicimos desaparecer al tiempo en que aparecía por la puerta la poeta madrileña María Guijarro. Nos sentamos lo tres a charlar y de pronto, como por acto reflejo, comenzamos a leer poesía. Julio sacó casi un centenar de hojas tatuadas con poemas inéditos los cuales nos compartió. Aquellas hojas contenían los poemas de su actual libro NN y gozamos de una tarde placentera. Tiempo más tarde, al enterarme que NN había sido galardonado en 2007 con el premio internacional de poesía Sor Juana Inés de la Cruz, inmediatamente se recreó en mi memoria aquella tarde en la que nos había recitado parte del libro, y esbocé una sonrisa que dibujó en todo mi cuerpo el rostro de la admiración y el de la felicidad compartida que me provocó la noticia de aquel premio. Hay un detalle que nunca olvidaré: en el año 2004, días después de aquél terrible atentado de Atocha, nos encontrábamos en el Café Libertad con motivo de un recital; Julio se subió al pequeño estrado, justo al lado de ese piano humilde y entrañable que duerme en un rincón, estaba perplejo como todos, con una larga tristeza que se respiraba en un mar de taquicardias. Dirigió unas palabras y organizó una lectura improvisada de poemas como un gesto de duelo y condolencia por las víctimas, invitando a subir al estrado a varios de los que estábamos allí para intentar sembrar en el aire un poco de poesía, un delgado hilo de luz en medio de tanta tiniebla. Ese día respiré muy hondo una de las cualidades más nobles y gratificantes de la poesía: la fraternidad entre los hombres.

o. pirot

martes, 17 de marzo de 2009

Algunos Poemas de Memoria del agua


Bostezo nocturno

Del cenit al nadir
cueva de aire
la boca minúscula
puerta de navajas
inhala de un gesto
el cadáver del día.



Niebla

En la niebla se insinúa
la ceguera del paisaje.



Post Mortem


Al despertar:
cabellos en la almohada,
pestañas huérfanas,
lagañas en el lagrimal,
pájaros que pronuncian nuestro bostezo.

En los pliegues de las sábanas
algo nimio se queda
mientras el cuerpo se levanta para el día.

Algo digno de microscopía
que no detecta la mirada,
apenas como el polvo
en el rayo de luz que se devela.

Al despertar:
millares de células muertas
sobre el silencio tendido de la cama.

Pero con gesto pueril
nos largamos a la ducha
sin saber que a diario
un cadáver ensaya nuestra muerte.



Contacto

Con la mirada
toco el paisaje. Mientras
quietas mis manos.



Elefantes

Ebrios gigantes que no olvidan,
monolitos de lodo ennoblecido,
trompetas de marfil,
respiración que alarga,
trompas que conducen a una cueva,
palafitos donde las aves pican
los rescoldos del Pleistoceno.

En el zoológico de Chapultepec
no para verlos
mi padre me cargaba para darles de comer
cacahuates sin pelar sobre mi mano.

Un instante y la trompa,
inaudita aspiradora,
sin tocarlo esfumaba el alimento.

A la mitad de una sonrisa
oscilaban como barcas en el muelle,
balanceándose,
casi con la misma gracia
con que tanta grandeza
se mece en el recuerdo.

o. pirot

El Ave Fénix del lenguaje

De acuerdo con la Física Teórica, en un universo infinito cualquier punto puede ser considerado el centro. Esto se debe a que la forma en que imaginamos el infinito responde a una naturaleza de orden cuantitativo, de tal manera que llamamos infinito a aquello que no tiene principio ni fin. Pero qué pasaría si imagináramos este concepto no cuantitativa sino cualitativamente. Tendríamos por resultado un cuerpo limitado pero que nunca deja de ser, es decir, lo que llamamos eternidad. De esta forma, considero que la eternidad no es sino la condición cualitativa del infinito.

La poesía frente al lenguaje o al pensamiento posee esta misma naturaleza cualitativa. Ya en el siglo XVIII David Hume en su libro
Sobre el origen de las ideas, mencionaba que nada puede parecer, a primera vista, más ilimitado que el pensamiento del hombre, pues puede transportarnos, por ejemplo, a las regiones más distantes del universo o incluso más allá del mismo. Pero, pese a que nuestro pensamiento aparenta poseer esta libertad ilimitada, está reducido a límites muy estrechos; en consecuencia, todo ese poder creativo de la mente no es más que: “la facultad de mezclar, trasponer, aumentar, o disminuir los materiales suministrados por los sentidos y la experiencia. De tal forma, continua Hume, que cuando pensamos en una montaña de oro, unimos dos ideas compatibles que conocíamos previamente”. En lo que respecta al lenguaje ocurre una cosa parecida. Noam Chomsky, en una conferencia ofrecida en Nueva Delhi y recogida en el libro La arquitectura del lenguaje se refiere al empleo infinito de medios finitos, haciendo hincapié en cómo la mente puede llegar a generar un sinnúmero de expresiones.

Podríamos afirmar, en cierta medida, que el lenguaje cotidiano se nos presenta como un cuerpo de infinitas expresiones, como una especie de sustancia que siempre se expande a ritmos irregulares y en una inmensa pluralidad de voces. Frente a esta imagen inconmensurable, tenemos la imagen concreta y finita de la poesía. Sin embargo, desde mi punto de vista, la poesía, pese a ser un cuerpo finito, goza de una eternidad que no posee el lenguaje cotidiano que se nos presenta como un cuerpo infinito. Considero que la poesía es más real que el lenguaje cotidiano porque siempre se reitera sí misma sin la mutabilidad del discurso. El poema es un cuerpo con un principio y un fin pero que nunca deja de ser. El poema, sea leído o no, siempre se está diciendo así mismo, goza de una armonía y circularidad que lo hacen peregrinar en el tiempo. Esta capacidad de síntesis y concentración propia de la poesía hace que las palabras se aglutinen, se aprieten hasta desangrar su esencia original. La poesía es pues un tiempo detenido dentro del tiempo, un instante eternizado que nunca deja de ser: la poesía es el ave Fénix del lenguaje.

o. pirot

Gotas de luz

Gotas de luz: anécdotas, aforismos, reflexiones, ráfagas conceptuales que en conjunto se presentan como una especie de poética desarticulada, como una arquitectura intermitente que me va habitando poco a poco. 

*

El asombro permite que uno no sea sombra.


*

escribir : deshabitar el cuerpo : habitar el lenguaje.

o. pirot

Jesús Urceloy (Madrid, 1964)

El primer poeta con el que tuve contacto en Madrid a mi llegada en el año 2002 fue Jesús Urceloy. Lo conocí en el emblemático Café Libertad situado en el barrio de Chueca. No podría precisar con exactitud la fecha en que sucedió ese encuentro, pero pese a ello, lo que sí se recrea en mi memoria es aquella pequeña escena en la que mi cuerpo irrigó pulsaciones de ilusión y descubrimiento. Eran pasadas las 8 de la noche de un día de invierno del 2002 y me encontraba en la barra del Café Libertad. El tiempo transcurría como un algodón desvaneciendo su niebla con un delicado ritmo. Pedí un café con leche. Con cada sorbo también bebía un poco de esa luz acogedora y hasta cierto punto de vista espectral de la atmósfera de aquél café. De fondo se dejaba oír con fragilidad una música de trova que fue suavemente interrumpida por la voz del camarero: - Ya no tarda, está por llegar. Llevaba conmigo un pequeño poemario que había autoeditado bajo el nombre de Vive mi tinta pocos días antes de mi partida de México a España. Ese poemario sería el germen que 3 años más tarde mutaría en el libro Memoria del agua. Pensaba obsequiar Vive mi tinta a Jesús Urceloy, y mientras me sumergía en ese pensamiento con un poco de electricidad en mi respiración, el espacio fue inundado por una presencia más que cordial. Giré la cabeza y lo vi. Me impresionó su aire de roble, su voz cobriza y estentórea, su sombrero que despedía una procesión de fantasmas bohemios, sus lentes como ventanas transluciendo la bondad de su rostro. Sin que me diera cuenta de pronto me encontré en medio de una pequeña conversación. Su amabilidad brillaba sin cesar como las luciérnagas que bailan en el pabilo de una vela. Le obsequié el poemario, leyó algunos poemas e inmediatamente me señaló los acentos más particulares de los versos. Yo no hacía más que admirar la facilidad con la que hilvanaba sus comentarios. Al poco tiempo me despedí de él y sentí como si Madrid me tendiera su primera y verdadera caricia de letras. Días más tarde hablamos por teléfono y con gran gentileza me invitó a participar en el ciclo de recitales que en aquel entonces coordinaba en el Café Libertad. Ese detalle fue la grieta por la que más tarde llegarían una marea de amistades y descubrimientos que aún siguen alimentando mi estancia en Madrid. Hace mucho que no lo veo, la última fue en aquel recital  que ofreció en la sala Nautilus (sala que coordinaba el poeta Gonzalo Escarpa). Pese a ello, sólo al escribir estas líneas late en mí con fuerza aquel pequeño encuentro que aún me baña con su inmensidad luminosa. 

o. pirot