miércoles, 4 de noviembre de 2009

Antonio Deltoro (ciudad de México, 1947)



Estamos en un día de otoño de 1998 en el metro del D.F. Justo me encuentro en uno de los gusanos de la línea rosa que me dejará en la estación de la glorieta de insurgentes.  Durante el trayecto, me pierdo viendo a los viajeros, a los personajes citadinos y a los vendedores ambulantes, todos inmersos en sus arengas y silencios en un hermoso ritual de misticismo urbano. Al llegar a la estación, salgo a la calle y una vez más la glorieta de insurgentes se me devela como un enorme corazón transparente y tentacular oficiando la irrigación de una ciudad que hierve sin descanso. Me interno entre las calles buscando la avenida Álvaro Obregón y deseando llegar a mi destino final: La Casa del Poeta. A cada paso mi emoción me delata, y es que hace apenas unos días que me inscribí a un taller de poesía que impartirá Antonio Deltoro y estoy ansioso por llegar…

Ahora, a más de una década de aquel trayecto,  me encuentro en un otoño de 2009 en Madrid, recordando con infinito aprecio aquel primer encuentro con Antonio Deltoro. Me acuerdo que al llegar a La Casa del Poeta noté inmediatamente una magia solmene y especial. Pregunté en qué salón era el taller y me dirigí cautelosamente. Era imposible no pisar aquel suelo sin que rechinara con tanta fuerza; hasta un fantasma se hubiera sorprendido al ver que sus pasos invisibles también producían ese fuerte ronroneo de la madera. Llegué por fin al salón indicado en el que habían unas 20 personas esperando a que diera comienzo el taller. Mientras comenzaba, yo estaba embelesado, ya que en las paredes del salón habían muchas fotografías en blanco y negro, todas ellas ofreciendo retratos de poetas mexicanos, y por cierto muy bien logradas. De repente, dio comienzo el taller y con él una semilla que me marcaría para siempre. Aquél día me sorprendió la presencia y la personalidad de Antonio Deltoro: un ser noble y sabio, sincero y meditabundo.  Su voz, sus palabras y sus movimientos despedían una especie de “tempo” pausado y riguroso que nos envolvía en una armónica reflexión sobre la escritura. Al correr de los días, las conversaciones y las referencias eran tan exquisitas que el taller se convirtió en una tertulia placentera: Hai-kus, José Gorostiza, Lezama Lima, Borges, Machado, Pessoa, San Juan de la Cruz, Eliseo Diego, Paz, entre tantos; sin mencionar a la veintena de personas que estábamos ahí y que también compartíamos nuestros textos para analizarlos colectivamente. A partir de ese día, Antonio Deltoro se me develó como una de esas personas especiales que nos dan las pautas y los consejos para emprender nuestro propio ritual de iniciación.  Siempre su cordialidad, su predisposición y su meditación frente al hombre, al poema y a la palabra,  me han cautivado. Y si su personalidad me cautivó, su poesía no hizo sino abrazarme con un vigor  y una lumbre inextinguibles. Sin duda alguna, una de las cualidades más acérrimas y deslumbrantes de la poesía de Antonio Deltoro es la del asombro. Su poesía cumple con desarraigarnos del letargo cotidiano y maquillarnos con el sello gestual del boquiabierto. Atendiendo a sus palabras, la doble operación del asombrado consiste, por un lado, en mantener vivo el asombro y, por el otro, en recoger los frutos que el asombro sembró.  Con la precaución que merece toda opinión, podría subrayar que los poetas  que mejor han escudriñado en la poesía de Antonio Deltoro han sido Francisco José Cruz y Fabio Morábito.

Han pasado  más de  10 años desde que conocí a A. Deltoro. Muy de vez en cuando, cada vez que tengo la oportunidad y me lo permite la lejanía, suelo hacerle una pequeña visita sorpresa;  siempre me recibe con tal calidez que, aunque la visita es breve, su efecto es más que duradero. Finalmente, recuerdo con especial  ilusión una de sus reflexiones: en la medida en que seamos mejores lectores de poesía, podremos ser mejores poetas.  

  o. pirot

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