martes, 1 de diciembre de 2009

Anestesia

Siempre pensé que cuando me aplicaran anestesia general para intervenirme quirúrgicamente, el equipo médico se sorprendería al ver que la anestesia no surtía efecto; que intentarían por todos los medios conseguir que me durmiera y, al ver frustrado cualquier intento de éxito, optarían por meterme un algodonzote  en la boca gritándome: - ¡muerde con todas tus fuerzas! Que al hacerlo, vería el algodón teñirse de rojo como una sanguijuela blanca que succionara fuertemente mis encías. Que –a grandes males, grandes remedios- me operarían en mis 5 sentidos como quien descuartiza un pescado en el quirófano de la nieve. Pero cuando al fin el tan anhelado día llegó, me dijeron: “¡abre la boca grande…respira muy hondo…cuenta despacio hasta 3 y piensa…en un paisaje…en un recuerdo!”  Y me quedé dormido.

Cuando desperté, comprendí que había imaginado mal las cosas. No eran los doctores los que, nerviosos, debían sudar al ver que  no podían  anestesiarme, sino la propia muerte la que, al ver que sigo con vida, no hace más que extrañarse del porqué su anestesia no surtió el letal efecto. Muerte, me susurraste desde lejos, pero yo no te hice ni caso.

 o. pirot

Pd. (ver la entrada titulada "El peor no-lugar", ubicación en esta misma etiqueta: Le pire non-lieu)

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