lunes, 28 de enero de 2013

Las sirenas y su mentira a medias.



En su concepción original, las sirenas eran híbridos de mujer y de ave, y no de mujer y pez, como nos ha llegado hasta nuestros días. Este ser mitológico volaba cerca de las olas para, con su música y sus cantos, atraer e hipnotizar a los navegantes. La isla de donde provenían se sitúa tradicionalmente frente a las costas del sur de Italia, justo ahí donde Circe aconsejó a Ulises que sus compañeros de embarcación lo amarraran al mástil y se pusieran tapones de cera en los oídos para evitar ser hipnotizados por aquel sonoro encantamiento.

Precisamente, estos seres fueron conocidos en su máxima expresión cuando apareció La Odisea. Releyendo la rapsodia XII, intenté ver si Homero las describía anatómicamente pero no hay ninguna alusión al cuerpo de estas divinidades, tan sólo se menciona que habitaban un campo florido y que permanecían la mayor parte del tiempo sentadas en una pradera, teniendo a su alrededor un enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se iba consumiendo.

Para los antiguos griegos las sirenas tenían alas y no cola de pescado, se movían en el aire y no entre las olas. ¿Por qué entonces la imagen de las sirenas nos ha llegado de forma distinta a como en realidad fueron concebidas?

De acuerdo con el traductor y estudioso Vicente Cristóbal López, las sirenas no sufrieron esta transformación sino hasta la Edad Media. Durante más de 1500 años el mundo las concibió como pájaros  y no como peces. Las dos razones por las que, según Vicente Cristóbal, sufrieron esa transformación son las siguientes:

1)    Por su asociación con el mar.
2)    Para diferenciarlas de las harpías, otro ser mitológico con alas.

Resulta curioso ver cómo un mismo imaginario ha sido visto de dos formas distintas. Las sirenas nos han llegado como una mentira a medias que sin duda ha pasado a ser una verdad incuestionable.

Me pregunto cuántas otras cosas que nos rodean esconden en su cuerpo el secreto de una transformación oculta.  


 Cerámica del 470 a.c. que representa a las sirenas (en cuerpo de ave) intentando seducir a Ulises
amarrado en el mástil.


Pintura de sirena (con el atributo de cola de pescado), por J.W. Waterhouse.



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